Día del libro
Nemesio Martín
Nemesio Martín, Jesucristo Riquelme, enrique Durendez y Tomás Martínez
Nemesio Martín, Jesucristo Riquelme, enrique Durendez y Tomás Martínez
Jesucristo Riquelme
 
Jesucristo Riquelme
Nemesio Martín
Nemesio Martín
 
Tomás Martínez, Presidente y el Autor Nemesio Martín
 

Presentado el libro:

"Viejo, Hidalgo y Pobre"

de Nemesio Martín

« LA TEMA CERVANTINA:
ELOGIO DE LA LOCURA LITERARIA COMO REDENCIÓN »

 

«Si necesidad le ha de obligar a escribir, pluga a Dios que nunca tenga abundancia, para que, con sus obras,
siendo él pobre, haga rico a todo el mundo»
.

«Quien no ha leído El Quijote
no puede considerarse todavía
perteneciente al establishment cultural
o a la intelligentsia.
¿Lo ha leído usted,
amable lector de estas líneas?
¡¿Sí?! He aquí el “retablo de las maravillas” cervantino
o la mentira piadosa…».

El mejor homenaje para un escritor es leer su obra, leerla y entenderla o darle sentido. Nemesio Martín ha querido rendir homenaje literario a Cervantes con una nueva creación literaria poética: Viejo, hidalgo y pobre. La prestigiosa editorial Aguaclara, de Alicante, y la Sociedad Cultural Casino de Torrevieja nos ofrecen una cuidada y sobria edición incluida en la colección Anaquel, con doble presentación, a modo de invitación prologal, de dos de las grandes voces del ámbito poético español: la poetisa Blanca Andreu y el profesor y escritor Ángel Luis Prieto de Paula. (Nemesio Martín Santamaría, 2007, Viejo, hidalgo y pobre, Alicante, Aguaclara, Anaquel-Poesía n.º 82. 56 páginas. ISBN 978-84-8018-291-1).

Para comprender y calar mejor en la creación de Cervantes (1547-1616) y en el poemario-ensayo de Nemesio Martín, resulta imprescindible repasar la vida de nuestro insigne novelista complutense: un español inquieto que personifica el transcurso del imperial siglo xvi español a los primeros síntomas de la decadencia del siglo siguiente. Conforme leemos Don Quijote de La Mancha, y conociendo la trayectoria vital del autor, somos conscientes de que vamos pisando arenas movedizas en las que desaparecen las fronteras entre vida y literatura, entre deseo y realidad, entre realidad y ficción, entre cordura y locura, entre sanchificación y quijotización, entre héroe y villano, entre armas y letras… En efecto, entre las armas y las letras —otra dualidad de apariencia paradójica—, como tantos prohombres renacentistas, circulaban las dos grandes vocaciones cervantinas: la de soldado y la de escritor. Un joven, de familia modesta, venida a menos, que tenía confianza en sí, pero que no prosperó por su mala fortuna; también, quizás, por su carácter serio e introvertido que le privó de mejores relaciones; y por sus imprudencias... Y es que Cervantes llevó una vida de personaje de novela: activo luchador por la vida, con altibajos, con adversidades, con encuentros y desencuentros, con amores y con desamores, con fracasos y con éxitos, con heroicidades y delincuencias, con más desdichas que fortuna, más sospechoso que afamado, cautivo con numerosas fugas frustradas, excomulgado en tiempos de Inquisición…

Cuando le preguntaron a Cervantes, en el lecho de la muerte, según fantasea el novelista francés Alfred de Vigny (1797-1863), que a quién había querido pintar en don Quijote, respondió sin titubeos: «A mí mismo (…) A la desdicha de la imaginación y del entusiasmo desplazado en una sociedad vulgar y materialista». (Imaginemos que, en el túmulo de la muerte, don Miguel estaba para regalar estas declaraciones a la posteridad). Ahora bien, más allá de coincidir en la edad —don Quijote frisaba “no ha mucho” los 50, como Cervantes—, para la trascendencia literaria universal, resulta de potísima relevancia el hecho de haber logrado crear un personaje literario que adquiere independencia, toma carta de naturaleza o de realidad (precisamente por su locura) y, con sus obras y pensamientos, se explica a sí mismo y a toda su época mejor que un tratado de filosofía. La historia de don Quijote no es la historia de un loco, sino la historia de un cuerdo que durante un periodo de su vida —unos meses siquiera—, en la antesala del final de su existencia, se vuelve loco; mas recobra su lucidez y muere con la ejemplaridad de un buen cristiano, con el respeto de lo políticamente correcto. Todo esto nos autoriza a aseverar que el pensamiento de Cervantes se identifica sobre manera con el Quijote loco (porque no hay Quijote sano: el que no tiene apariencia de enfermo es Quijano y no Quijote). A un loco se le podía permitir decir «locuras», hacer «locuras», defender o «desfazer entuertos» y crear un nuevo sistema o un nuevo orden: un nuevo mundo. Fue la manera que encontró Cervantes de defenderse de una sociedad inquisitorial.

Cartel anunciador
Presentación
Jesucristo Riquelme
Jesucristo Riquelme
Nemesio Martín
Firma de ejemplares
Firma de ejemplares
Firma de ejemplares
Tomás Martínez, Presidente y el Autor Nemesio Martín
 

No nos resulta complicado imaginar el gran ojo de la Inquisición —el tácito ojo que todo lo vigila de El retablo de las maravillas— como un adelanto del temido Gran Hermano —Big Brother (watching you) de G. Orwell (de la antiutopía novelada 1984, escrita en 1948)—. Cervantes, sin perder nunca el humor, se enfrenta literariamente —irónica, sutilmente…— a una sociedad cerrada, estrechamente vigilada (sobre todo, desde Trento, 1545-1563), que reconocía la tradición y la ortodoxia católica como valores máximos (o, al menos, imprescindibles) para la supervivencia. Amante de la libertad y de la tolerancia, el autor de Don Quijote ha de responder con las peripecias y un nuevo mundo sustentado en la ficción ya que la única forma de expresar determinadas ideas progresistas era por medio de (la mentira de) la fábula.

Así, pues, para que los personajes vivan en plena libertad, para escribir él lo que quiere, para que el lector lea cada cual desde sí y entienda lo que le conviene, sitúa Cervantes la acción en la locura: una nueva utopía como la de Tomás Moro. Un terreno salvaguardado por la irresponsabilidad donde todo cabe, donde se construye el mundo con un afán moral, inventándolo como debería ser. Es decir, el mundo al revés. También Ariosto había presentado credenciales con su Orlando Furioso (1505-1528): un Roland —como el de la Chanson de Roland (de finales del s. xi)— enfermado por el amor a Angélica, pero asimismo con una enfermedad entendida como un problema ocasional psicológico o natural del que se cura… Al final de la novela, don Quijote es sometido por la realidad, ese contrapunto de la «locura» que representa Sansón Carrasco (quien ha de jugar a disfrazarse también de caballero medieval para lograr que la imaginación —esa loca de la casa que pregonaba el ilustrado Voltaire (1694-1778)— y la ilusión se desvanezcan; y es que, viene a decir el Cervantes más desencantado, la ilusión sólo vive fuera de la realidad y será sólo en la ficción donde se recree la utopía de la noble razón. Triste final, pues, el de don Quijote: vencido y sojuzgado por la realidad; pero con un discurso inconcuso cual es la defensa de la utopía de la libertad —una ilusión: su ilusión—: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres». La utopía postula una sociedad sin propiedad privada —¡Vade retro!—, ni ejército ni justicia represivos —Si vis pacem, …panem— en la que haya sustento para todos y en la que se respete la libertad individual. Entonces, y ahora, harto contradictorio todo. Liberado de su «extra-vagancia» don Quijote, Alonso Quijano, el Bueno, es puesto «en su lugar», y su muerte se presenta como ejemplar para un cristiano barroco español. (Él que fue excomulgado: «Con la iglesia hemos dado, Sancho», que la sabiduría popular tradujo por lo alto en «Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho»). El caso es que Cervantes creía en la libertad del hombre, pero también en la «locura» de usar mal esa libertad por la pérdida del autocontrol, la incapacidad de relacionarse correctamente con los otros, el rechazo de la realidad o el sometimiento a las pasiones.

Don Quijote, más que paladín heroico de la libertad, la justicia y la solidaridad (según lo interpretó el Romanticismo), se nos presenta sencillamente —nada más ni nada menos— como un «loco» que quiso mejorar el mundo arrogándose un casi divino papel redentor. Con la clave de El elogio de la locura (1509-1511) de Erasmo de Rótterdam en la mano —libro dedicado a Tomás Moro—, sabemos que don Quijote, éticamente, no es un equivocado porque pretende enfrentarse a un mundo que se rige por leyes inexorables; la ironía erasmiana contagia a Cervantes y nos autoriza a reír, por no llorar, con el caballero de la Triste Figura. Con esa «locura» salen a superficie los comportamientos ocultos de la vida, de la realidad: los entramados del tejido social; se ve lo que existe, sin más, sin tapujos. La locura hace que afloren a la vista las debilidades humanas, las intransigencias humanas, las iniquidades. Todo ello lo corroboramos con los episodios intercalados —esas novelas ejemplares dentro de la gran novela—: la locura de Anselmo, el curioso impertinente, no pone a prueba la bondad más allá de lo prudente, sino que revela —hace patentes— infidelidad y lujuria latentes: Lotario y Camila (la esposa de Anselmo). (El tema de la película Una proposición indecente, 1993, protagonizada por Robert Redford y Demi Moore, es un remake del cuento cervantino). Erasmo (1469-1536), también con humor y sátira audaces, había establecido la distinción entre dos estados de demencia: la común, procedente de los malos espíritus, que inflama el ardor de la agresividad violenta, la ambición de oro o de notoriedad, el sexo vergonzoso… y la estimulante, la que emana del yo, la mayor locura o el mayor bien que puede anhelarse pues nos proporciona la ilusión del libre albedrío, los deseos más puros, nos sumerge en el océano del deleite y eleva la nobleza de nuestros actos y de nuestros pensamientos. (Deja para otra ocasión la demencia patológica: la esquizofrenia, la paranoia, etc., que nada tienen que ver, por cierto, con don Quijote. Don Quijote es puro y sano estímulo, acicate de libertad y justicia).

* * *

Un repaso por la novelesca vida de Cervantes nos evidenciará parte de la intrahistoria personal que ha llegado a denominarse como el vaivén de la euforia al fracaso. La mejor herencia que a Cervantes (1547-1616) le quiso dejar su depauperado padre en vida consistió en la gran preocupación por la educación. En centros de jesuitas se mueve el pequeño Miguel cuando se traslada la familia a Córdoba (1555) y a Sevilla, con siete años. Desde 1566, a los dieciocho, sabemos que reside en Madrid y que es pupilo aventajado de Juan López de Hoyos, quien lo introduce en la cultura clásica y le transmite la avidez de la lectura. Con apenas veinte años Cervantes abandona España, tal vez por un duelo de honor en el que hirió (¿y mató?) a su adversario; marcha a Italia, entra en el servicio del cardenal Acquaviva y pronto se enrola en la milicia. Participa en la memorable batalla de Lepanto (1571): aquella mañana ha amanecido con fiebre y está postrado en su camastro de la galera La Marquesa, pero pide pelear: es la oportunidad de luchar; resulta malherido (y pierde la mano izquierda). Manco y todo ayuda en expediciones bélicas a don Juan de Austria; éste, en recompensa a su fidelidad y arrojo, le concede una carta de recomendación para ser nombrado capitán en España. Mas las desgracias siguen acumulándose: la galera El Sol, en la que regresa después de seis años en el extranjero, es apresada por piratas (1575) y conducida a Argel. El cautiverio, que se prolongará por un lapso de otros cinco años más, marca su carácter: aunque aumenta su serenidad, no se conforma con tan tremenda privación de libertad y encabeza cuatro intentos de fuga. Le salva el mismo motivo que lo tiene retenido y que ha elevado desorbitadamente la cuantía del rescate pedido: la carta de don Juan de Austria induce a pensar que se trata de persona ilustre y valiosa. El rescate se cifra en 500 escudos. Nadie muestra interés hasta que, providencialmente, unos frailes trinitarios convencen a comerciantes cristianos que negocian en Argel para recaudar tan cuantiosa suma y libran a nuestro héroe de ser embarcado a Constantinopla. Tras casi doce años de ausencia, retorna a España —ya cumplió los treinta y dos—, sin trabajo y sin dinero: más bien con deudas elevadas pues debe pagar su rescate. Este regreso supone un punto de inflexión para su autoestima y para afrontar su presente inmediato: ya no es un patriota exaltado, o un soldado valeroso y con proyección; todo ha pasado, el olvido se impone y la realidad no da facilidades. Se ha convertido en un ser que ha probado su moralidad en difíciles situaciones... y ahora padece un ostracismo no merecido. Aunque no le aflora aún resentimiento alguno, va ganando terreno cierta dosis de amargura y de resignación, pero sigue confiando en su lucidez para encarar la vida. Opta por intentar ganarse un espacio en la vida literaria que le permita mantener a su familia: pero —oh nuevo infortunio— el teatro, que era el género que podía ofrecerle ganancias y reconocimiento, conoce una nueva estrella que ciega a las demás: Lope de Vega, el Fénix de los ingenios, comienza a ocupar los corrales y parece que ya todo es como de Lope y que si no lo dice Lope ya no es válido. Tiene comedias y entremeses apalabrados, pero no logra representar.

En sus escritos se muestra conocedor del mundo islámico: no esconde que, al haber conocido a musulmanes muy de cerca, aprendió que el enemigo también era humano y que se podía incluso coexistir con él; comprendió que hay que convivir y que hay tolerar las diferencias…; por ejemplo, con el personaje del morisco Ricote, en El Quijote, Cervantes aproxima dos creencias que se entendían como incompatibles; en el pasaje de Saavedra, los musulmanes tratan a un cautivo cristiano con piedad… Sus afectos no sucumben al síndrome de Estocolmo, pero sí parecieron ser condicionantes para no lograr favores: ni fue capitán ni fue premiado con puesto de relevancia, paradójicamente, porque ya no era de fiar: había convivido demasiado tiempo con el enemigo, con sus ritos y mostraba complacencia o tolerancia en exceso sobre sus vidas… Valora sobremanera la libertad por encima de todo. Y el mundo del poder con que se encuentra, con el que a veces tropieza, no es precisamente acérrimo defensor de la libertad: es suspicaz y ha convertido a la sociedad, al común del pueblo, en seres asimismo suspicaces… o peligrosamente sospechosos. Cervantes cae en el escepticismo. Ha aprendido a ser tolerante, pero necesita imperiosamente dinero. En 1584 se casa con Catalina de Salazar, con la que no tiene descendencia, pero disfruta de una modesta propiedad rural; mas de su relación extraconyugal con Ana Franco de Rojas nace una hija, Isabel Saavedra, que él mantendrá a su cargo (en la misma casa de su esposa legítima: no es insólito que el pueblo de Esquivias, la patria chica de Catalina, y su propia familia y los Quijano y… no lo trataran con simpatías). Publica sin éxito La Galatea (una novela pastoril) y alguna pieza teatral. Decide emprender su lucha por la vida por el camino de los negocios: sumará fracasos, entuertos y prisiones.

Corolario: se ve obligado a pedir favores: necesita dinero. Se debate en la terna de la supervivencia de la época: «Iglesia, mar o casa real»; pero todo se le niega. Debe aceptar trabajos de riesgo, demasiado comprometedores: así el de comisario real de abastos —como recaudador de especies (alimentos y materiales)— para proveer al ejército —o sea, a la Armada Invencible— le hace viajar mucho entre Castilla y Andalucía; su afán recaudatorio y su exigente rigor lo enfrenta a la Iglesia y es excomulgado… Al no mejorar su situación económica, pide ser gobernador de La Paz, en Bolivia, pero no le es concedido ni en 1585 ni en 1590. Por irregularidades contables, es condenado a prisión en 1592 en Sevilla (unos tres meses). Probablemente es aquí donde inicia la «novelita» de Don Quijote o «El Quijotito»: esa novela ejemplar que suponen los seis primeros capítulos de la gran novela hasta el principio del séptimo (después del escrutinio y la quema de libros peligrosos): «pagan a las veces justos por pecadores». Más tarde, en 1597, sufre su tercer encarcelamiento por nuevos problemas en sus cuentas, ahora como recaudador de impuestos. Todo ello le sume en un profundo desencanto anímico puesto que ya no importa lo que ha sido, su sacrificio y su heroísmo pasado —o, más bien, lo que él había creído ser—. En 1603, intenta una salida aproximándose a la que había sido corte española en Valladolid, mas retorna pronto a Madrid. Por fin, obtiene el éxito con la primera parte de Don Quijote (1605); las siete ediciones ese primer año, empero, no llegan a solucionar su penuria económica. La novela se vende a 290,5 maravedíes, cuando en Castilla una docena de huevos cuesta 62,2 y un azumbre de leche (2,16 litros) se consigue por 40 maravedíes; es decir, al precio de hoy de 15,687 litros de leche. ¡No era tanto! Al don Quijote novelesco le ocurre algo parecido a Cervantes: fracasa con sus aventuras iniciales: los molinos (que semejan gigantes), el rebaño de ovejas (que parece ejército)… Don Quijote enaltece la realidad, la hace noble y singular, propicia para el heroísmo (mecánicamente); pero no sólo no obtiene galardones, sino que resulta burlado y vejado sucesivamente. Apenas conocemos comentarios de otros escritores consagrados sobre la novela: no parece haber conseguido el aprecio de los demás literatos; sigue dominando lo que «es como de Lope». (Incluso Quevedo y hasta Góngora eclipsan su figura). Sin embargo, reconforta apreciar el apego y el reconocimiento popular inmediatos pues —publicado el libro en enero— ya en los carnavales de final de febrero de ese año se regocijaban en algunas calles españolas con disfraces de sanchos y quijotes. La popularidad la habían conseguido los personajes y no el autor. Cervantes contaba con 57 años a sus espaldas. Aprovecha para publicar toda la obra que tiene en cajones, que es mucha, y redacta nuevas novelas; no obstante, aunque ha disminuido la sensación de fracaso, la ansiedad y el infortunio no lo abandonan. En 1613 sale una novela que marcará la segunda parte de Don Quijote y el final de su vida: El Quijote apócrifo (o Quijote de Avellaneda); el librero Robles da prisas a Cervantes para que acabe su segunda parte puesto que Avellaneda —fuera quien fuese— se está llevando las ganancias de unas ventas que les debieran corresponder a ellos... Cervantes, nervioso, pero no pusilánime, incorpora acciones y reflexiones relacionadas con ese libro que inmortaliza más a su héroe literario, pero corroe su negocio. En 1615 se publica la segunda parte de Don Quijote. ¿Cómo sería el éxito económico que la familia no puede ni costear su entierro ¡al año siguiente! y ha de ser inhumado en el cementerio de las trinitarias descalzas? Cervantes había cumplido 68 años.

* * *

A sabiendas de lo expuesto, la comparación entre autor y personaje nos permite afirmar que, más allá de que Cervantes se identifique con su don Quijote, el escritor quiso establecer unas diferencias que enriquecieran la personalidad de su hidalgo-caballero. Lo que don Quijote quiere hacer es precisamente lo que Cervantes ha hecho; ha hecho, sí, pero sin éxito: incluso don Quijote quiere ponerse a escribir y terminar de replicar a otro caballero que le quiere vencer —ahora con la literatura—: a Avellaneda.

En 1605, la vida de Cervantes era ya una existencia quemada: estudiante, escritor fracasado, comerciante, soldado, cautivo, casado, amante, padre de hija natural (o sea, ilegítima)… Don Quijote, sin embargo, no ha hecho nada: apenas ha salido de su casa solariega, es(tá) soltero, tiene criado y criada para su servicio y ampara —aunque no se tragan— a una sobrina; vivía ajustadamente, pero no era pobre: es un hidalgo que se abastece para comer con lo que producen sus tierras. (La familia que Cervantes mantenía en esa época era bastante similar: su esposa, una hija ilegítima, dos hermanas y otra hija ilegítima de una de ellas). A la vitalidad de Cervantes se opone la soledad monótona de don Quijote; ni tan siquiera la imaginación le permite ir más allá que pensar en una labriega del pueblo colindante para convertirla en su platónica amada. Se trata de dos puntos de vista muy diferenciados (en apariencia). La ausencia de esfuerzo físico en don Quijote —su exclusiva afición es la caza— le lleva, cuando desfallecen sus fuerzas, a tener tiempo para leer y a vivir en la vida de otros aventuras que jamás había podido soñar. Vende incluso tierras para comprar libros (sobre todo, de caballería). Su enajenación lo aboca a querer ser y a considerarse un caballero andante y justiciero (como un James Bond del medioevo): un velador de la justicia y de la libertad con licencia para amar y para matar; y con la necesidad de viajar, de conocer reyes, de pelear…: en cierto modo, de ser como fue el propio Cervantes.

La realización factible de don Quijote, pues, se sostiene en el ensueño y en la idealización; sus modelos son literarios más que históricos: prefiere más a Amadís que al Cid. Gana la fantasía a la realidad. Pero, si añadimos que el ejemplo seguido es Cervantes, se vuelven a fundir las fronteras entre ficción y realidad.

Elevado a categoría filosófica todo lo que hemos esbozado, ¿dónde nos conduce Cervantes? Cervantes nos proporciona guiños constantes de que su historia no está necesariamente tomada de la realidad, ni siquiera de la realidad de la ficción, sino que es una ficción de la ficción de la realidad. Ya sabemos que se adelanta al Unamuno de Niebla (1907-1914) y al Pirandello de Seis personajes en busca de un autor (1921). Con más claridad: que Cervantes inventa, finge apariencias… y fusiona lo estupendo de lo fabuloso con la corrosiva realidad: la imaginación como fuerza liberadora —no enajenante como ocurre, mutatis mutandis, en las películas La vita é bella (1997), de Roberto Begnini, o El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro—, sino redentora al aplicar sus nuevas leyes de convivencia —en la línea de la novela Rebelión en la granja (1945), de Orwell, por ejemplo—. Una manera de ir contra la realidad, de mostrar que no se está de acuerdo con sus presupuestos ideológicos —existenciales— consiste en deshacer esa realidad, desrealizarla, que vale tanto como decir desustanciarla. Cada referente (aludido-eludido) se convierte en su contrario, en una mezcla o en nada, y deja de ser (¿lo que es? ¿Y qué es sino creación y pura entelequia?): lo nominado se convierte en su contrario —Quijano, el Bueno, en Quijote, el loco (idealista)—, en una mezcla —el «baciyelmo»: bacía de barbero y yelmo de caballero a la vez— o en la nada —lo desidentificado o indeterminado: Teresa Panza como Alonso Quijano (¿Quijada, Quesada…?) aparecen con varios nombres; ¿qué más da que sea Esquivias el trasunto de ese lugar «de cuyo nombre no quiero acordarme»? Ficción y vida facilitan la confusión por ser, en efecto, sólo apariencias (y así lo creía todo el siglo xvii con el mismísimo Calderón de La vida es sueño o El gran teatro del mundo a la cabeza). Es una inversión de ingredientes: esos elementos que componen la vida y que vislumbramos de manera aparentemente contradictoria: la duplicación Quijote-Sancho, la dualidad Quijote-Alonso o Quijote-Sansón, las ambigüedades, los espejismos quijotescos, el perspectivismo, la ficción de la fabulación de los engaños y de las burlas… Todo es una realidad aparente (aleatoria o contingente). Cervantes hace desaparecer lo sustancial en el sentido aristotélico: por ello se omiten o se confunden o se trabucan nombres y la realidad se desvanece. (¡El personaje se llamará como el autor quiera! ¡He aquí la importancia del fautor cervantino!). O se confunden los periodos según la apreciación subjetiva de los personajes: como aquella hora en la cueva de Montesinos que a don Quijote se le antojan tres días; el tiempo ya no es un continuum infinito (y estamos ahora entre H. Bergson, 1859-1941, o A. Einstein, 1879-1955). Voluntariamente, Cervantes deja señales inequívocas sobre la pseudohistoricidad de su novela: predomina la apariencia sobre la consistencia o realidad; prevalece lo anecdótico o circunstancial sobre la regularidad estable, lo subjetivo sobre lo esperable, lo fragmentado sobre lo continuo y lo atómico de la realidad.

En Don Quijote vemos un microcosmos, y lo contemplamos como si de un caleidoscopio se tratara. Cuando se hace crítica hidráulica y se preguntan los estudiosos por las fuentes de las que ha bebido, por ejemplo, Cela para La colmena (1951) —otro caleidoscopio español— y se cita a John dos Passos y su Manhattan Transfer (1925), se está olvidando a Don Quijote, que sirvió de modelo clásico también al escritor norteamericano. Se organiza un puzzle de la sociedad de la época: es un fresco de la sociedad española de los siglos xvi y xvii: una sociedad rígida y jerarquizada, regida por ideas absurdas como la limpieza de sangre (en la que Cervantes no creía. El pensamiento de Cervantes coincide ahora con el cristianismo primitivo: «por sus obras los conoceréis», tal como se desprende, entre otros, del pasaje de Sancho en la fingida ínsula Barataria).

En conclusión: la quijotización es una propuesta progresista de Cervantes como reconstrucción de la realidad —del mundo y de su cosmovisión— para paliar la progresiva destrucción de la realidad —un mundo abocado, por la injusticia y la privación de libertad, a su deterioro— y para solventar o conjurar los peligros de la existencia en una época presentada como áurea, la del siglo xvii —una época demasiada entregada a las apariencias: un imperio decaído, un gigante con cuerpo de esqueleto.

En la aprobación de la segunda parte de Don Quijote (1615), el licenciado Márquez Torres se pregunta: «¿Su profesión, edad, calidad y cantidad?». La respuesta era ésta: «Soldado, viejo, hidalgo y pobre». Nemesio Martín lo ha querido contar narrativa y analíticamente en su poemario Viejo, hidalgo y pobre. Léalo también: disfrutará perdiendo su «extravagancia».

Jesucristo Riquelme

 

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